Siempre vuelvo a leer a Leonardo Padura. Me gusta mucho su saga policial con su héroe-antihéroe, Mario Conde. Si bien esta novela se ubica dentro del género policial, es casi una excusa para bajar al submundo de los homosexuales y travestis de La Habana, el escenario de casi todas las cautivantes novelas de esta saga.
El disparador de la historia es el hallazgo del cuerpo de un travesti en el Bosque de La Habana. Un chico joven con un vestido llamativo, hijo de un personaje importante de la política cubana.
Mario Conde, que venía llevando una vida bastante monótona como oficinista, vuelve a la acción para investigar el caso. Ahí empieza su descenso a los infiernos. Esta investigación va a arrastrarlo a un mundo hasta ahora desconocido para él: el de los homosexuales cubanos, es decir, una comunidad que vive en la sombra dentro de un sistema que los considera degenerados y excluidos.
En este complejo y tortuosos viaje al “lado oculto” de la sociedad, Mario Conde no solo va a descubrir quién mató a Alexis Arayán, sino que también se va a enfrentar con verdades incómodas. Va a descubrir un mundo oculto y misterioso de su país y de lo que significa ser distinto en una sociedad cerrada y prejuiciosa que se ha quedado detenida en el tiempo. En esta investigación minuciosa va a ir desentrañando lo intrínseco del ser humano y sus misterios.
En esta, como en todas las novelas de Padura, lo que importa es el escenario, el mundo misterioso y oculto de la represiva y asfixiante Cuba. Donde no hay libertades y pensar distinto puede ser un crimen. Es una pintura de los años 70, cuando la represión en Cuba, contra los homosexuales y los intelectuales, estaba en su punto crítico y cualquiera que no siguiera la línea oficial podía pagarlo muy caro, con el exilio o con su propia vida.
Leonardo Padura es sin duda uno de mis escritores preferidos. Siempre vuelvo a sus novelas porque es como recorrer o viajar por La Habana. Están llenas de encanto, de música, de aromas a comidas típicas, son un deleite para los sentidos.